Notas sobre identidad y exhibición de la moda mexicana
Texto de mi autoría publicado originalmente en el journal de Archivo Moda Mexicana.
Junio de 2019.
Si esta fuera una noticia sensacionalista, arrancaría así: “México está de moda. Carolina Herrera se apropia de diseños de las comunidades del país en su nueva colección”. Pero marcamos aquí una raya. Partir de esta polémica tiene una razón de ser. Importa esta noticia como sigue importando que Isabel Marant haya utilizado diseños de la comunidad mixe. Importan, también, los conjuntos de Craig Green (primavera 2020) que simulan estar hechos de papel picado mexicano. Pero aquí importa, sobre todo, entender lo que nos preocupa: ser las víctimas del gran robo de la identidad mexicana.
A finales de 2017 México perdió una valiosa colección de prendas históricas, entre las que estaban un vestido de María Félix, prendas de la era porfirista y cuatro diseños del denominado padre de la alta costura, el inglés Charles Frederick Worth. Pertenecían a Rodrigo Flores, probablemente el único coleccionista de moda en el país. Por esos días, unos cuantos medios lo buscaron para entrevistarlo, ante los cuales respondió prácticamente lo mismo: subastaba las piezas en Estados Unidos porque antes las ofreció a museos y archivos nacionales, pero no hubo ninguno que pudiera costear los demandantes presupuestos que exigen las delicadas reliquias.
Eso es probablemente cierto.
De acuerdo con un artículo publicado por El Universal en 2018, Ciudad de México es una de las ciudades con más museos. Ahí, Lidia Camacho, directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes, dice que “existen 1,300 museos, de los cuales 142 pertenecen a la Secretaría de Cultura Federal, muchos de ellos con hasta un siglo de existencia”. Adicionalmente, la cantidad de galerías de arte repartidas en la capital no es despreciable. Sin una cifra oficial, podríamos estimar que ronda entre 40 y 50. No sólo eso: ocho mexicanos están entre el listado de los más relevantes coleccionistas de arte, que la revista estadounidense Artnews publicó el año pasado. Y sin embargo, ninguna de las instancias públicas ni particulares mencionadas, estuvieron interesados o tuvieron la posibilidad de adquirir una de las prendas históricas de Flores.
Pero no se confunda la línea anterior con una intención de queja. Aclaremos que la vestimenta, por más influyente que sea, no es arte. Es decir, no pertenece al sistema del arte. Así, es comprensible que una galería o un museo que dedique sus colecciones permanentes a objetos de arte no crea pertinente adquirir un vestido, digamos, usado por María Félix —otra cosa es que para alguien ajeno o indiferente a las artes, estos objetos parezcan tan arbitrarios como un urinario o un balón ponchado—. Lo anterior descarta a algunos museos de la larga lista, ¿y qué decir de aquellos enfocados en la historia mexicana? ¿en la antropología? ¿la indumentaria? ¿la economía? Entre tanto, es inevitable evadir el gran problema de presupuestos destinados a lo que el gobierno establece como cultura. No abundaremos en ello en esta ocasión.
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